¡Libertad a los 5 héroes, Rompamos  el silencio, que el mundo conozca la verdad !

 

 

Las primeras chispas de Cuba

 

Un día antes del histórico alzamiento de La Demajagua se dispararon los primeros proyectiles por la independencia nacional. Céspedes no estuvo ajeno a los sucesos y también fue protagonista aquel octubre de otros episodios dignos de contarse.


Osviel Castro Medel y Aldo Daniel Naranjo

 

No porque nademos un día y otro día en la Historia conocemos toda la corriente arrolladora de sus aguas. Muchos hoy en Cuba —digamos— saltan sorprendidos al enterarse de que el 9 de octubre de 1868, horas antes de comenzar “oficialmente” la guerra contra España, se dispararon las primeras balas por la independencia.

Quizá sea entendible: fue tan grandioso lo acaecido en La Demajagua y tan luminosa la figura de su protagonista principal —Carlos Manuel de Céspedes— que eso ha opacado con facilidad muchos de los detalles previos a la inolvidable jornada del 10 de Octubre.

Pero a tales hechos anteriores, aparentemente menores, no podemos vestirlos con las ropas de la omisión o la indiferencia. Merecen una mínima mención siempre, sobre todo porque sus personajes centrales tuvieron estrecha relación con el Padre de la Patria.

Pedro María de Céspedes, por ejemplo, era hermano del Iniciador y fue precisamente quien encabezó lo que algunos historiadores consideran el primer alzamiento, el 9 de octubre de aquel año vertiginoso.

Este patriota reunió a unos 400 hombres en las proximidades de la hacienda Caridad de Macaca, y al mediodía de esa fecha atacó con modestas armas la pequeña guarnición de Vicana; después se apoderó del poblado.

El acontecimiento sirvió incluso de pretexto para que en 1975 la destacada investigadora Adolfina Cossío publicara su folleto El alzamiento del 9 de octubre de 1868 en Macaca, en el cual se abordan pormenores de estas acciones.

Otros expedientes relacionados con el referido levantamiento se encuentran en el archivo de Segovia, España, recinto donde aparecen plasmados con tinta algunos interrogatorios a independentistas hechos prisioneros por aquellas fechas.

A pesar de esas pruebas documentales el acto de Pedro María (autor de la frase “¿Y para qué esperar a mañana?”) ha quedado un tanto enganchado en el olvido.

La historiografía nacional debería en estos tiempos ahondar más en su figura y en la de otros complotados que ese 9 de octubre demostraron apego a las ideas libertarias.

 

OTRAS INSURRECCIONES

La chispa del hermano de Carlos Manuel no resultó la única antes del gran fuego del 10 de Octubre.

Los estudiosos del tema señalan otros tres alzamientos en esta región en vísperas del grito independentista: en Guá, Portillo y Jibacoa. Los jefes respectivos de estos movimientos fueron Manuel de Jesús Titá Calvar —con unos 150 hombres—, Manuel Codina Polanco (quien lideró similar cantidad de efectivos) y el dominicano Luis Marcano Álvarez, al frente de 300 sublevados.

Un quinto levantamiento se produjo en la zona desde El Caño hasta Guatívere, encabezado por Ángel Maestre y Juan Fernández Ruz.

Algunos también mencionan como insurreccionado el día 9 en San José de Blanquizal a Bartolomé Masó Márquez, quien reunió gran número de partidarios y hasta trató de capturar un correo del gobierno español que pasaba de Manzanillo a Bayamo.

Estos levantamientos, a diferencia del de Macaca, no llevaron a acciones bélicas y estuvieron marcados por el reclutamiento de hombres y el acopio de armas caseras o de cualquier otro tipo.

La gran pregunta de los neófitos es: ¿Actuaron esos jefes inmaduramente como caudillos en alarde de bravura?

La respuesta, después de 137 años justos, y apartando las complejidades y enredos de un proceso como este, es NO. Todos estaban a las órdenes de Carlos Manuel de Céspedes, todos veían en él al líder natural más allá de nombramientos formales.

Él mismo, enterado de que la conspiración fraguada durante años había sido delatada, envió emisarios a estos lugares para que adelantaran los alzamientos, fijados entonces para el 14 de octubre. Tal vez alguno de los implicados en la revuelta no entendió bien los mandatos del bayamés y agitado por las circunstancias se adelantó un poco a los acontecimientos.

Aunque una prueba irrefutable del respeto hacia el Padre de la Patria es la presencia de Titá Calvar, Masó, Maestre y Fernández Ruz en La Demajagua ese día 9. Ellos estuvieron cerca del Héroe de San Lorenzo a la hora magnánima de la proclama independentista en el siguiente amanecer.

Las palabras de Ángel Maestre despejan cualquier duda sobre la jerarquía del jefe: “A las dos de la tarde (del 9 de octubre) recibimos un expreso de Céspedes para que nos concentráramos en La Demajagua, y seguidamente hicimos rumbo hacia ese punto…”.

 

LOS AGENTES Y LA BANDERA

Hay otros asuntos relacionados con la fecha inaugural de las luchas cubanas que no han sido muy divulgados. Pocos saben, por ejemplo, que Carlos Manuel había infiltrado previsoramente agentes dentro de las filas españolas.

Estos se nombraban Pedro Nuño y Germán González; el primero era teniente y el segundo comisario de policía en Manzanillo. Ambos eran masones como él.

Este factor influyó algo para que el abogado de Bayamo, inscripto en una lista negra junto a Perucho Figueredo, Francisco Vicente Aguilera y otros, no fuera apresado antes de irse a las armas.

Justamente en la noche del 9 de octubre, cuando ya los mandos hispanos sabían que se cocinaba algo grande en La Demajagua, Nuño, integrante de una patrulla nocturna, pidió “autorización para explorar” y retornó diciendo que en el ingenio azucarero no había ni una lucecita.

Mintió de punta a cabo; allí emanaba tanta luz que quemaba en la distancia.

Sin duda, estos agentes mantuvieron al tanto a Céspedes sobre los planes de los uniformados de Manzanillo, mandados por el comandante Fernández de la Reguera, quien fue bastante cauteloso y no tuvo valor para apresar al Libertador cubano.

Otro detalle sin la amplificación necesaria ha sido el de la confección de la bandera. La diseñó Céspedes a lápiz y la bordó su amante Candelaria Acosta (Cambula), una bella joven que llegó a donar su vestido azul celeste con tal de aportar un trozo de tela para el estandarte.

La enseña de Céspedes, pabellón insurrecto hasta Guáimaro, medía un metro y 36 centímetros de largo y un metro y 25 centímetros de ancho, quedó casi cuadrada, tenía tres colores: rojo, blanco y azul.

Fue terminada apresuradamente el mismo 10 de Octubre con telas de la misma casa, pues cuando Céspedes mandó un hombre a Manzanillo a buscar la materia prima este retornó con una noticia inquietante: la población está en máxima alerta.

Ese estandarte cespediano no ha dejado de flotar vigoroso en Bayamo o Manzanillo.

 

LA GLORIA DE LOS SEGUIDORES

La estatura de aquellos seguidores de Céspedes creció después de La Demajagua. Todos murieron adheridos a la almohada espumosa de la independencia.

Pedro María de Céspedes, nacido en 1825, alcanzó los grados de general de brigada y fue fusilado en Santiago de Cuba tras ser capturado en la expedición revolucionaria del vapor Virginius en 1873.

Luis Marcano tuvo cuna en Baní el 29 de septiembre de 1831, llegó al grado de mayor general y al cargo de Segundo Jefe del Ejército Libertador. Cayó fulminado por un disparo a traición en mayo de 1870.

Manuel Codina, quien vio la luz en Manzanillo, fue también general de brigada, aunque después de la revisión de grados de Guáimaro quedó como coronel. Murió enfermo en Venezuela en un triste exilio.

Ángel Maestre, otro manzanillero, conoció igualmente el generalato y apagó sus ojos en México en marzo de 1895 después de una vida de luchas.

Juan Fernández Ruz peleó en las tres guerras. Murió en 1896 en Jagüey Grande a una avanzada edad y con el grado militar máximo en los hombros.

Por último Titá Calvar y Bartolomé Masó fueron grandes entre los grandes. Ambos llegaron al cargo supremo dentro de las filas independentistas: Presidente de la República en Armas. El primero, manzanillero, falleció en Cayo Hueso en 1895, a los 68 años.

Masó, nacido en 1830 en Yara, se codeó con las figuras más excelsas de nuestras luchas y murió en 1907 con un historial larguísimo.

Quiso el destino que estos dos patriotas tuvieran sus tumbas muy cercanas entre sí en la necrópolis de Manzanillo, próximas también a la de Francisco Javier de Céspedes, hermano del Iniciador, asistente a La Demajagua y coincidentemente Presidente de la República en Armas años después.

Desde ese lugar de eterno reposo siguen gritando por la independencia con el mismo vigor que lo hicieron no lejos de allí, un 10 de Octubre, a la sombra del Padre Fundador de la nación.

 

fuente: Juventud Rebelde.

 


Protesta de Baraguá: expresión de rebeldía y patriotismo

Por Yolanda Díaz Martínez, especialista del Instituto de Historia de Cuba/Especial para la AIN

Hacía ya más de nueve años que los cubanos, encabezados por Carlos Manuel de Céspedes, se habían lanzado a la manigua aquel glorioso 10 de octubre de 1868, en aras de lograr la independencia del yugo colonial español.

Para entonces algunos de los males que aquejaban a la revolución habían comenzado a profundizarse con preocupante intensidad.

Aun cuando se mantenía el patriotismo dentro de las filas insurrectas, las contradicciones generadas impedían el desarrollo de un plan único y coherente para lograr el triunfo definitivo; la falta de unidad había llegado en algunos casos al resquebrajamiento de la disciplina.

En esas circunstancias la duda comenzó a ganar espacio dentro del aparato político de la República. Paralelamente la administración hispana incrementó las operaciones militares, mientras que en lo político ofrecía perdón y olvido a quienes se entregaran o depusieran sus armas y odios contra España.

La dirección de la revolución comenzó a tambalearse en sus posiciones, a pesar de la intransigencia de algunos jefes cubanos y su fidelidad a los ideales patrióticos, actos que constituían un valladar para quienes veían la posibilidad de un proceso de paz con los españoles, sin que mediara el indispensable requisito de la independencia.

El 10 de febrero de 1878, el Comité del Centro --en representación de la autodisuelta Cámara de Representantes-- , de común acuerdo con el general Arsenio Martínez Campos, firmaba en San Agustín del Brazo el documento que ponía punto final a la Guerra Grande, conocido como Pacto del Zanjón.

Pero no todos asumieron el Zanjón como salida y muchos continuaron empeñados en la lucha en la parte oriental de la Isla.

Sin vacilación Antonio Maceo intentó serena y maduramente reorganizar el movimiento revolucionario sobre la base de un hecho político que sirviera de punto de partida para rescatar a la revolución de la crisis en que se encontraba, esto fue la Protesta de Baraguá. Fue la primera de las acciones políticas ejecutadas por el Titán para reavivar la lucha armada anticolonial.

En tanto se acercaba la fecha de la reunión citada con el general Martínez Campos, se dio a la tarea de contactar con los patriotas de las restantes regiones, a fin de concertar una acción común. A la vez, realizaba ingentes esfuerzos para rechazar todas las presiones y amenazas de los enemigos de la revolución para amedrentar sus fuerzas.

El 15 de marzo del 78 se realizó la entrevista entre los dos generales, y allí, entre halagos de su homólogo español, el general Antonio concretó su posición en pocas pero precisas palabras: "No estamos de acuerdo con lo pactado en el Zanjón; no creemos que las condiciones allí estipuladas justifiquen la rendición después del rudo batallar por una idea durante diez años y deseo evitarle la molestia de que continúe sus explicaciones porque aquí no se aceptan".

En medio de las circunstancias propendientes a una crisis del movimiento independentista cubano, la Protesta de Baraguá resultó la respuesta política que volvía a colocar en primer plano los objetivos básicos revolucionarios contenidos en el Manifiesto del 10 de Octubre y defendidos durante casi dos lustros por los combatientes cubanos: la total y absoluta independencia de Cuba y la definitiva abolición de la esclavitud.

La trascendencia de ese acto, máxima expresión del espíritu luchador de los cubanos, radica en demostrar que los jefes, oficiales y soldados sobre cuyos hombros se llevaron el peso y las penurias de aquella guerra, estaban dispuestos a continuar las acciones el tiempo que fuese necesario, en aras de lograr la victoria definitiva.

 

fuente: radio Cadena Agramonte

 

 



La Asamblea Nacional del Poder Popular

 

La Asamblea Nacional del Poder Popular, constituida en 1976, es el órgano supremo del Estado, como representante y expresión de la voluntad soberana de todo el pueblo.

Este órgano es el único en el país con potestad constituyente y legislativa. De entre sus diputados se elige al Consejo de Estado y a su Presidente.

Las asambleas de delegados del Poder Popular, constituidas en cada uno de nuestros municipios son los órganos superiores locales de poder del Estado, según la Constitución de la República. El Consejo de Estado es el órgano de la Asamblea Nacional del Poder Popular que la representa entre uno y otro período de sesiones, ejecuta sus acuerdos y cumple las demás funciones que la Constitución le atribuye.

El Presidente del Consejo de Estado es jefe de Estado y de Gobierno. Por tanto, el jefe del Gobierno cubano tiene que someterse a dos procesos electorales: primero, tiene que ser electo como diputado por la población, por el voto libre, directo y secreto, y después por los diputados, también por el voto libre, directo y secreto.

El Consejo de Ministros es el máximo órgano ejecutivo y administrativo de Cuba y constituye el Gobierno de la República. Está integrado por el jefe de Estado y de Gobierno, que es su Presidente, el Primer Vicepresidente del Consejo de Estado, los Vicepresidentes del mismo órgano y los ministros y presidentes de organismos afines.

Al constituirse la Asamblea Nacional del Poder Popular, ésta eligió a Fidel Castro Ruz, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, cargos en los cuales ha sido ratificado desde entonces.


Fuente: ICAP

 

 


SALUD

En 1958 existían en el país 826 enfermeras y auxiliares de enfermería.

· En la actualidad existen 84.232.

· Por cada enfermera que había en 1958 tenemos hoy 101.

· En el año 1959 el país contaba con 8 modestas escuelas de enfermería.

· Actualmente cuenta con 24 politécnicos de la salud donde se forman enfermeras, 14 politécnicos de la salud solo de enfermería y dos escuelas emergentes, para un total de 40 centros de formación de enfermeras, que continuando sus estudios pueden alcanzar el título universitario de Licenciadas en Enfermería.

· En nuestro país había solo 9.000 camas en hospitales del Estado.

La tasa promedio actual de mortalidad infantil de América Latina y el Caribe es seis veces mayor que la de Cuba, que cuenta con uno de los índices más bajos del mundo. La mortalidad infantil en Cuba en 1959, por estimado, era de 60 por 1 000 nacidos vivos. En el año 2001 el país terminó con una tasa de 6,2 por 1 000 nacidos vivos. Eso significa una reducción del 90%. De mantenerse la mortalidad en 60 por 1 000 nacidos vivos, como antes de la Revolución, en los años transcurridos habrían perdido la vida 479 830 niños cubanos.

· En 1958 existían en el país 6 286 médicos. En 1962 quedaban 3 960. Un éxodo hasta esa fecha de 2 326, que continuó elevándose con posterioridad.

· De 157 profesores de la Facultad de Medicina en 1955, quedaban 16 en 1962. Actualmente el país cuenta con 67 128 médicos, lo que significa que por cada 167 habitantes existe un médico, el mayor índice de médicos por habitantes del mundo.

· En los países más ricos este índice es de un médico por cada 358 en Estados Unidos; por cada 437 en Canadá; por cada 330 en Francia; por cada 286 en Alemania; por cada 610 en el Reino Unido. En América Latina, por ejemplo, es de uno por cada 538 en México y uno por cada 909 en Chile, todos muy distantes de Cuba.

· Por cada médico que abandonó el país entre 1959 y 1962 existen hoy 29 médicos.

· La capacidad actual de las 22 Facultades de Ciencias Médicas que posee el país se eleva a más de 40 000 alumnos.

· En el año 1997 llegamos a tener 81 016 camas, que significó 7,3 camas por 1 000 habitantes. · A medida que avanzaron las acciones del médico y de la enfermera de la familia disminuyeron los ingresos hospitalarios y por ello el número actual de camas se eleva a 70 927, que equivalen a 61 927 camas más que las existentes en los hospitales del Estado en 1959. Los factores fundamentales que inciden en esta disminución se relacionan con una población más sana y con el inicio desde 1984 del ingreso en el hogar.

· De los 267 hospitales con los que cuenta el país, 62 son rurales. La atención a la salud se basa hoy fundamentalmente en el trabajo del consultorio médico de la familia, 4 158 de ellos laboran hoy en comunidades rurales y 974 en comunidades de montaña.

· El presupuesto de la salud pública en el año 2002 es 87,3 veces superior al de 1958.

· Desde el inicio de la Revolución hasta la fecha, 91 países han recibido ayuda de Cuba con la participación de 51 059 trabajadores de la salud.

· Hoy Cuba coopera simultáneamente con 61 países donde laboran 4 335 médicos y trabajadores de la salud. Solo a través del Programa Integral de Salud, surgido a raíz del huracán "Mitch" que azotó a Centroamérica y costó a los países de la región decenas de miles de vidas, presta apoyo médico en la actualidad a 21 países, con la participación de 2 878 médicos y técnicos de la salud.

· En la Escuela Latinoamericana de Ciencias Médicas estudian más de 6 000 jóvenes procedentes fundamentalmente de América Latina, becados por Cuba. En otros centros estudian cientos de jóvenes de África, Haití y el resto del Caribe.

· En la Escuela de Ciencias Básicas y Preclínicas "Victoria de Girón" han estudiado 46 463 alumnos desde 1962 hasta el año 2001. Aunque la gran mayoría eran cubanos, por sus aulas han pasado estudiantes de 55 países. La misma cuenta con 1 110 trabajadores, de los cuales 202 son profesores y 32 son investigadores. Existen dos Profesores de Mérito, 11 Profesores Consultantes, 31 Doctores en Ciencias, que significan el 17% del claustro de profesores. 74 miembros de su colectivo han cumplido misiones internacionalistas.

· Con el programa de asistencia médica, se elevó los fondos destinados a la salud pública de 21 millones a 103 millones de pesos.

 

Fuente: ICAP.

 


 

Pedro Figueredo y Cisneros

(Bayamo, 1819-1870)



Abogado y aficionado a la literatura y a la música. Ostenta el alto honor de ser el creador del Himno Nacional cubano, expresión artística donde se entrecruzan el sentimiento de amor patrio y la decisión de combate, en la que el pueblo afirma y conquista su identidad plena, la guerra liberadora.

Nace el 29 de julio de 1819 en el seno de una rica familia de Bayamo. Realiza sus primeros estudios en el convento Santo Domingo de su ciudad natal. Fue condiscípulo de Carlos Manuel de Céspedes y Francisco Vicente Aguilera, entre otros. Continúa los estudios en La Habana y luego en España. Se gradúa en Leyes, viaja de nuevo a España y recorre varios países europeos.


Funda en 1851, junto a Carlos Manuel de Céspedes, "La Filarmónica", gran centro cultural de Bayamo y punto de reunión de ilustres personalidades entre los que se encontraban Juan Clemente Zenea, José Fornaris, José Joaquín Palma, José María Izaguirre y otros más. En estas tertulias se cantaba, recitaba y montaban obras teatrales que resaltaban la cubanía y el odio al colonialismo español.

Desde 1852 es vigilado por sospechoso de infidelidad al gobierno colonial. En 1854 es obligado a residir en La Habana.

En 1857 publica, junto a José Quintín Suzarte y Domingo Guillermo de Arozarena, en el periódico El Correo de la Tarde y en la revista siboneyista La Piragua, varios trabajos de los que han llegado hasta nosotros Excursión a la gran sabana de Yara y la contradanza La Piragua. Escribió algunos artículos sobre costumbres cubanas. Fue masón de la Logia Redención, presidida por Francisco Aguilera. Regresa a Bayamo en 1858.

En 1861 es condenado a 14 meses de arresto domiciliario, ocasión que aprovecha para estudiar Táctica Militar. Su casa se convierte en centro conspirativo y fue el lugar donde se constituyó el Comité Revolucionario de Bayamo.

El 14 de agosto de 1867, en horas de la madrugada, compone La Bayamesa, marcha guerrera que guiaría las fuerzas de la rebelión en Bayamo. Fue tocada por él, al piano, esa misma noche al constituirse el Comité Revolucionario de Bayamo, y se ejecuta el 11 de junio de 1868 durante las celebraciones de la fiesta religiosa del Corpus Christi, en la Iglesia San Salvador de Bayamo, bajo la dirección del maestro de obra, músico y director de orquesta Manuel Muñoz. Poco después recorre las calles de la ciudad a la par de la procesión festiva.

El 10 de octubre de 1868 se pronuncia Céspedes en La Demajagua y Figueredo determina seguirlo y se incorpora al Ejército Libertador, donde alcanzó el grado de General.

El 20 de octubre de ese mismo año, durante la toma de la ciudad de Bayamo, el pueblo le pide a Perucho la letra de esa música que todos conocían y comienzan a cantarla al unísono.

Cae prisionero el 11 de agosto de 1870, enfermo de tifus, bajo la persecución de que hicieran objeto las tropas españolas a algunas familias insurrectas, entre ellas la suya.

De esta manera fue ejecutado junto a Rodrigo e Ignacio Tamayo el 17 de agosto de 1870 por el delito de "infidelidad" a la patria, el hombre, cuyas últimas palabras fueran: ¡Morir por la patria es vivir!



 

Fuente: www.nacion.cult.cu

 

 

 


 

MAYOR GENERAL "MAXIMO GOMEZ BAEZ" 

Insigne revolucionario y jefe militar de excepcionales cualidades. Llegó a ocupar las más altas responsabilidades dentro del Ejército Libertador de Cuba durante las luchas independentistas del pasado siglo. Por los servicios prestados a la República durante más de 30 años, fue declarado ciudadano cubano por nacimiento.

Nació en Bani, República Dominicana, en el año 1836. En su isla natal alcanzó el grado de capitán dentro del ejército español. En 1855, participó en la lucha contra la invasión haitiana a su país de origen. En 1865 se estableció en Cuba con su familia y poco tiempo después pidió su licenciamiento, se dedica al cultivo de la tierra y comenzó a relacionarse con los cubanos que conspiraban por la independencia.

El 14 de octubre de 1868, cuatro días después del inicio de la primera guerra independentista, se sumó a las fuerzas insurrectas. Por sus conocimientos militares recibió el grado de sargento y la misión de instruir a los bisoños soldados. El 18 de octubre el líder del movimiento Carlos Manuel de Céspedes, lo ascendió a Mayor General.

El 4 de noviembre dirigió la primera carga al machete. Con un puñado de hombres simplemente armados con esa herramienta de trabajo aniquiló en breves minutos dos compañías enemigas. Dio así la primera lección acerca del empleo de la que sería hasta el final de la contienda la más temible arma de los combatientes cubanos.

En los diez años de brega hasta 1878 libró incontables batallas y descolló como el estratega más dotado y el maestro de una pléyade de jefes brillantes.

Al reiniciarse las hostilidades en 1895 regresó a Cuba junto a José Martí, con el cargo de General en Jefe del Ejército Libertador.

De nuevo se pusieron de manifiesto sus grandes dotes militares. Su plan de invasión al occidente de la isla, ejecutado junto a su Lugarteniente General Antonio Maceo, constituye una de las más grandes hazañas militares de todos los tiempos.

Sumido en la frustración tras la ocupación militar norteamericana y la entronización de una república en nada parecida a la soñada por los próceres, murió en La Habana el 17 de junio de 1905.

 

Fuente: www.cubagob.cu

 

 


MAYOR GENERAL "ANTONIO MACEO GRAJALES"


"Con tanta fuerza en la mente como en el brazo"

Nació en Santiago de Cuba el 14 de junio de 1845. Era hijo de Marcos Maceo y Mariana Grajales, quienes poseían algunas tierras y su posición económica era desahogada.

Al comenzar la Guerra de los Diez Años se incorporó a esta en los primeros días junto a su padre, quien murió poco tiempo después, y participó en ella junto a sus doce hermanos y toda su familia. Desde el puesto más humilde de soldado alcanzó, por méritos en combates, el grado de Mayor General a las órdenes de Máximo Gómez.

Al terminar la Guerra de los Diez Años su hoja de servicios recogía 800 acciones de guerra y tenía veintisiete cicatrices en su cuerpo.

Considerado en nuestra historia combatiente por excelencia y el más grande caudillo militar, fue poseedor además de una gran personalidad y una capacidad política, lo que lo llevó siempre a actuar inalterablemente en servicio de la revolución y de la Patria.

Cuando todos flaqueaban y perdían las esperanzas en la viabilidad de la revolución, Maceo conservó inalterable su fe en ella y sin vacilaciones se negó a cuanto significaba aceptar de España nada que no fuera la plena independencia.

En los Mangos de Baraguá se enfrenta al general Martínez Campos para manifestarle su inconformidad con la Paz del Zanjón y su decisión de continuar la lucha. Su intransigencia revolucionaria se basa en dos aspectos para él fundamentales: en el Zanjón no se obtiene la libertad total de los esclavos ni la libertad de Cuba. Representó entonces y después los más altos intereses revolucionarios de nuestra patria, con gran modestia y sentido de la responsabilidad.

Después de marcharse al extranjero residió en distintos países; organizó con Calixto García, Máximo Gómez y José Martí distintas conspiraciones independentistas y desembarcó en Cuba en 1895, donde obtuvo éxitos resonantes contra las fuerzas españolas.

Dirigió personalmente la Invasión de Oriente a Occidente, llevó la guerra a los confines de la isla y dirigió durante la contienda 119 acciones.

Su capacidad política y su clara visión lo llevaron a ser un consecuente antiimperialista y a desear insistentemente la independencia de Cuba por el propio esfuerzo de los cubanos.

Celoso defensor de nuestra independenciay de los peligros que sobre ellas se cernía, dejó escritas estas proféticas palabras: “De España jamás esperé nada, siempre nos ha despreciado, y sería indigno que se pensase en otra cosa. La libertad se conquista con el filo del machete, no se pide: mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos. Tampoco espero nada de los americanos, todo debemos fiarlo a nuestros esfuerzos, mejor es subir y caer sin ayuda que contraer deudas de gratitud con un vecino tan poderoso”.

Maceo murió en combate el 7 de diciembre de 1896, y ese día fue escogido por nuestro pueblo para rendir en el homenaje a todos los caídos en la lucha de nuestra patria por alcanzar la independencia.

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Pablo de la Torriente Brau.

 

La vida de Pablo de la Torriente Brau fue tan breve como intensa: nació el 12 de diciembre de 1901, en San Juan, Puerto Rico, y murió en combate -también en diciembre-, el l8 de 1936, en Majadahonda, España.

Como el héroe de la tragedia griega -llamado a morir tempranamente-, poseyó altas cualidades: inteligencia, prestancia, alegría y pasión desbordantes.

Treinticinco años le bastaron a Pablo para dejar la huella imperecedera de su hacer en el campo de la creación (periodística y literaria) y de la política, más allá de las fronteras de Cuba, su tierra por derecho propio.

Todo fue rápido y acaso prematuro en su vida: llegó segundo, para ser el único varón, entre sus hermanas Graciela, Lía, Zoe y Ruth, la prole del matrimonio de Graciela Brau Zuzuarragui y Félix de la Torriente Garrido.

A los tres años, viaja con su padre a Santander, España. Allí conoce a su abuela Genara, y oye habla de Francisco de la Torriente Hernández, el abuelo cubano recién muerto, motivo, con seguridad, de esa atmósfera rara que hay dentro de la casa. Pero él vive en libertad, en el patio, donde pasa los primeros sustos y tal vez haya aprendido a domeñar los primeros miedos. Los adultos a veces dicen cosas extrañas, con frecuencia escucha conversaciones sobre su madre, del pronto reencuentro de la familia, que no será en Puerto Rico, sino La Habana, en Cuba. Lejos, muy lejos de Santander, del otro lado del mar inmenso, el espectáculo más increíble que haya presenciado en su corta existencia, un escenario más amplio, infinitamente mayor, que el patio magnífico de la abuela Genara.

El viaje de vuelta -dos años después- le prodiga nuevas vivencias: conoce a su hermana Zoe, asiste a la escuela del profesor Lima, en la Quinta de los Molinos. Y en medio de ese torbellino, cuando apenas siente que está en su ciudad definitiva: un nuevo viaje a Puerto Rico, que si no estuviera también después del mar, pero más cerca que Santander, sería como La Habana, aunque no lo es, porque allá está el abuelo Brau, de quien todos hablan con respeto "por culto y por patriota". Muy grande debió ser José Martí, cuando Papador no se cansa de prodigarle elogios, y no conforme, le regala al nieto un ejemplar de la Edad de Oro, para que aprenda a leer en esas páginas.

Ya es 1909. Hay que hacer las maletas de nuevo. Otra partida y la tristeza de decir adiós al abuelo, que tanto sabe. Pero el destino no es La Habana, sino El Cristo, en Oriente, un lugar bonito, distinto a la capital, con grandes montañas, donde su padre trabajará en los Colegios Internacionales y él se sumirá divertido en las andanzas de
El Quijote y su escudero Sancho Panza.

Y como ya ha hecho tantas cosas a la edad en que otros niños apenas si fueron al pueblo más cercano, y como ya leyó la Edad de Oro y El Quijote, y el abuelo Brau escribe libros y su padre lo hace en los periódicos, prueba fortuna y publica su primer texto en El Ateneísta. Ir arriba

Y así van pasando los días y los años. Y aprende en la escuela y aprende en la calle, en la esquina, con los muchachos del barrio, donde los varones -porque a las mujeres no las dejan- aprenden tantas cosas de la vida; donde ha visto con sus amigos muchas cosas, hasta el charco de sangre que ha dejado un hombre después que otro le clavó un cuchillo "a traición" por la espalda y por eso está preso. Y ha oído hablar a su padre de la cárcel, de lo terrible que es. Pero eso no debe preocuparle, porque él nunca mataría a nadie y mucho menos por la espalda. Él está estudiando en el Colegio Cuba, y de ahí pasará al Instituto de Santiago. Y quiere ser alguien, escribir, ojalá que como Emilio Salgari.

Con esas ideas vuelve a hacer las valijas: la familia se muda de nuevo para La Habana. Dieciocho años es edad de comenzar a trabajar: no quiere estudiar más, o mejor dicho: asistir a clases. El mundo se le escapa mientras está en el aula. Toda vez que tenga el título de bachiller, adiós escuela -piensa-, pero no cumple este propósito: la urgencia de trotar mundo se lo impide.

Emprende viaje con el ingeniero José María Carbonell hacia Sabanazo, allá en Oriente, en calidad de delineante, y vive aventuras aún más intensas que las del patio de la abuela Genara o las que compartió con sus amigos del barrio, de la esquina: es la vida, con sus regalos maravillosos y sus desafíos infaltables. Conoce a Teté Casuso, quien aún es una niña "fea y malcriada", y regresa con otra visión imborrable: la de un hombre, un compañero, devorado por un cocodrilo, sin que él pudiera evitarlo, cuando desbrozaban monte para la supuesta construcción del ingenio.

"Porque mis ojos se han hecho para ver las cosas extraordinarias y mi maquinita para contarlas...," escribiría después, pero piensa ahora, de regreso a La Habana, cuando comienza a colaborar con el Diario Nuevo Mundo y la revista El Veterano. Todo tema es inquietante para este hombre. Atleta él mismo, rompe cánones cuando escribe una crónica deportiva. Y experimenta -conciente o inconcientemente- para hacer un periodismo diferente que, sin dejar de serlo, está más cerca de la literatura. Un periodismo que muchos años después llamarán nuevo periodismo o periodismo literario, y del cual es en Cuba, como del testimonio, uno de los precursores.

Escribir sueltos, noticias, crónicas, le llena el alma, no así los bolsillos. Ocupa un puesto en el Departamento de Adeudos del Ministerio de Hacienda. El salario es magnífico para la época: 170:00 pesos, pero a los dos meses renuncia, porque aquello era una desvergüenza o -como solía decirse- "una botella". Y se presenta, entonces, a una convocatoria en la Escuela Naval. Vence uno a uno los exámenes. Ya casi podía decirse que tenía asegurado el ingreso. Contesta correctamente, si no la última, una de las últimas preguntas de Gramática: cenador con ce y senador con ese, mas no puede sustraerse a la tentación, y en ese estilo suyo, como si fuera un chiste, escribe la verdad que lo deja fuera de la academia: "Senador en Cuba es sinónimo de botellero."

Ese es el Pablo que, en 1923, llega a una oficina, en San Ignacio 40, en la Habana Vieja, que dejará honda huella en su trayectoria: el bufete de Ortiz-Giménez Lanier, donde conoce, entre otros hombres extraordinarios, al doctor don Fernando Ortiz y al joven estudiante de Derecho, Rubén Martínez Villena, un tipo "serio, reservado, pensativo, con una lengua afilada como navaja de barbero", según relatos de Conchita Fernández, la muchachita rubia de la oficina, quien sería su gran amiga y también tendría reservado un sitio en la historia de Cuba. Ochenta pesos es el salario de Pablo como mecanógrafo, pero se está bien allí, no sólo por la sapiencia de don Fernando, de los ilustres visitantes que frecuentan el lugar, de la personalidad subyugante de Rubén, sino por la charla nutricia y la claridad en los análisis con respecto al país, por ese ambiente de alta cultura, casi solemne, que sólo él transgrede con sus ocurrencias, no pocas veces a los gritos, como si fuera un loco, que todos ríen a espaldas de don Fernando, porque es muy cuerdo este De la Torriente Brau, lo que sucede es que lo dice, lo escribe y lo hace todo a la vez con una alegría fuera de lo común, desde jugar fútbol hasta asistir a un concierto, de preferencia si tocan la Sinfonía Nuevo Mundo, de Anton Dvorak. Ir arriba

Y como siempre necesita más de sí mismo se atreve en un género difícil: el cuento. Escribe "El héroe", que publica por intermedio de Martínez Villena, con la ayuda de José Antonio Fernández de Castro, en el Diario de la Marina, en 1928. Y después un poema "Motivos del viaje bajo la noche lunar", a lo que le sigue un proyecto más ambicioso, Batey, en coautoría con su amigo Gonzalo Mazas. En lo adelante no parará más de escribir reportajes, crónicas, cuentos, cartas...

Tiene veintinueve años, edad de casarse con aquella niña, que ahora es una atractiva muchacha de veinte "que siempre hace lo que le da la gana": Teté Casuso, la mujer que lo acompañará siempre: al estadio o al teatro, en la lucha, la prisión, el exilio... de la que solo lo separa la guerra y la muerte prematura.

"La caña se pone a tres trozos" en el país: el tirano Machado, bautizado por Rubén como "el asno con garras", se extralimita cada vez más en su política opresiva. Está asfixiando a la nación y la muchachada, el pueblo, no se lo van a permitir, Rubén y Pablo entre ellos. Como tampoco este nuevo personaje que empieza a ser su amigo: Raúl Roa, otro tipo singular, que de niño jugaba pelota y leía a Martí en medio del terreno improvisado en cualquier solar yermo; quien también tuvo un abuelo patriota, y por si fueran pocas las coincidencias, es de hablar arremolinado, fulminante y libérrimo; escribe y vive a toda velocidad, y ama a otra muchacha -más bien una muchachita-, fina y culta: Ada Kourí. Qué espectáculo maravilloso debió ser presenciar por el cerrojo de la puerta un diálogo entre Rubén, Pablo y Raúl, o con Juan Marinello y Zacarías Tallet, todos jóvenes, todos excepcionales. Qué intelectualidad bisoña y revolucionaria se afanó, junto con sus mayores, junto con el maestro Enrique José Varona, en curarle las heridas a la República vilipendiada.

Pablo, Raúl... integran el Ala Izquierda Estudiantil. Se van de "tángana" por las calles aledañas a la Universidad de La Habana, a protestar, a gritar una vez más ¡Muera Machado! La represión cae sobre los jóvenes con fuerza demoledora: hieren a Pablo, a Rafael Trejo, quien muere en el hospital de Emergencias, pocas horas después. En lo adelante, sobrevendrán días cada vez más duros y difíciles.

El 3 de enero de 1931 se lo llevan preso para la cárcel conocida -qué ironía- como Castillo del Príncipe. Al salir escribe la serie de artículos "105 días preso", publicada en el periódico El Mundo.

Poco tiempo después vuelve a ser detenido junto a Raúl Roa y otros compañeros. El grupo es conducido al Castillo del Príncipe, desde donde lo trasladan para la cárcel de Nueva Gerona, para luego confinarlo en el mal llamado Presidio Modelo de Isla de Pinos.

Dos años pasa en el Presidio Modelo. Dos años -como diría José Martí- de "dolor infinito", de cuyas experiencias surge la serie de trece artículos "La isla de los 500 asesinatos", que publica en el periódico Ahora, y le sirve de base con posterioridad para escribir Presidio Modelo, en el que denuncia los horrores cometidos por el capitán Pedro Abraham Castells. Libro significativo no solo en la obra literaria de Pablo, sino en la literatura cubana, y del cual la doctora Ana Cairo dice en el prólogo de su más reciente aparición en Ediciones La Memoria: "El presidio político... [de José Martí] ilustra el canon romántico; Presidio Modelo, el vanguardista..."

Corre el año 1933, Pablo marcha al exilio en Nueva York. Escribe. Participa en la fundación del Club Julio Antonio Mella, desde el cual continúa combatiendo la dictadura de Gerardo Machado, quien finalmente es derrocado el 12 de agosto. Ir arriba

Pablo regresa a Cuba. Publica en las páginas de Ahora "Tierra o Sangre", serie de reportajes -también de denuncia- sobre los abusos que se cometen contra el campesinado cubano. Colabora sobre temas diversos, de preferencia deportivos y sociales, con El Mundo, Bohemia, Social, Carteles, Alma Mater, Línea y Orbe.

La caída de tirano no ha significado un cambio para la vida del país: la lucha continúa. Es 1935, se convoca a la huelga, pero esta fracasa. Pablo debe partir una vez más. Su destino nuevamente es Nueva York. Siguen siendo el centro de su vida escribir y luchar por un mejor destino para Cuba. Y lo hace del único modo posible para él, incansablemente, aunque esté, como le escribe a su amigo Pedro Capdevila: "barriendo, mapeando y fregando escupideras e inodoros como cualquier emigrante"...

Funda el periódico Frente Único, vocero de la Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA). Envía y es reproducida en Bohemia su crítica "Guajiros en Nueva York". Nada ni nadie lo hace perder su alegría, su optimismo, su confianza en el futuro.

El 18 de julio de 1936 estalla la Guerra Civil Española. Pablo pasa de la conmoción al delirio. Lo obsede la idea de irse a España. Y no hay minuto en que no piense y hable de ello, ni carta en la que no lo anuncie a todos los amigos de La Habana. Irá como corresponsal: allí -está convencido- se decide el futuro de la humanidad. Mientras reúne trabajosamente el dinero para el viaje, una parte de su cabeza ya ha volado a España; la otra, llena las cuartillas en blanco de las que ha comenzado a brotar su única novela: Aventuras del soldado desconocido cubano, parienta -por qué no- de lo que años después se conocerá como "lo real maravilloso", y portadora -como pocas en la literatura cubana del siglo XX- de un afiladísimo sentido del humor, que deja inconclusa cuando por fin logra irse como corresponsal de New Masses y El Machete, no si antes detenerse en Bruselas para asistir al Congreso por la Paz.

En Barcelona, primero, y Madrid después, Pablo recoge testimonios, escribe crónicas memorables y se comunica con sus amigos en cartas donde no solo les cuenta cómo van las cosas por el frente, sino en las que se interesa también por los destinos de Cuba. Diríase que está feliz, sino fuera porque la guerra es dura y cruel. A fin de cuentas se salió con la suya y está allí mirando lo que sus ojos tienen la misión de contar. Ir arriba

Dichas ciertas cosas, no le bastan para entregarle a España, al mundo, a la causa de Cuba, lo mejor de sí: quiere ir al frente, ser un combatiente más. El 10 de octubre polemiza con el enemigo en la Peña del Alemán, un mes después, el 11 de noviembre, es comisario de guerra. A la semana, entra en Madrid con la emoción de ser "un miliciano más". El 28, cuenta de su encuentro con el poeta Miguel Hernández. La guerra deviene una amalgama de sensaciones encontradas: el placer de conocer al joven poeta español, la angustia por tanta muerte inocente, por tanta destrucción... hay que impedir que tomen Madrid. Hace frío, "un frío que es peor que el hambre". Y tiene unos deseos inmensos de ver a Teté, a su familia, a sus amigos... Mas hoy, día 17, cuando los devotos de San Lázaro le encienden velas en toda Cuba, para pedirle que les dé salud o los ayude a conseguir un trabajito, "porque la malanga está dura", la orden, allá en el frente, es marchar hacia Majadahonda, donde cae herido de muerte al día siguiente el cubano Pablo de la Torriente Brau, miembro del Estado Mayor del 109 batallón de la séptima división.

Y sucede -como otras veces en la historia- que oficialmente se decreta otro día (el 19) como el de su muerte; tal vez porque solo entonces sus compañeros pudieron creer que era cierta la noticia.

Y salieron cuatro días después al rescate de sus restos, para dejarlos en un lugar seguro. Y Miguel Hernández, escribió su "Elegía segunda". Y no fue hasta el 23, víspera de Noche Buena, que la noticia se conoció en La Habana, para que aquellos que más lo amaron no tuvieran nunca más consuelo de su ausencia. Para que en el futuro otros muchachos aprendieran a querer para siempre al eternamente joven, irreverente, y talentoso revolucionario, Pablo de la Torriente Brau.

 

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Ciro Redondo

Combatiente de primera línea

Cuando cayó en combate, hace 45 años, el Che lo denominó como uno de los inconmovibles puntales de la Revolución

Por: PEDRO ANTONIO GARCÍA

Años después del triunfo revolucionario, al escribir un relato de guerra para la revista Verde Olivo, el Che consignaría: "Uno de los pocos campesinos que quedaban en la zona (...) trajo la noticia de que en la casa de Reyes, uno o dos kilómetros arriba, ya subiendo la Sierra de la Nevada, había un grupo grande de soldados acampados. No podía ser otro que Sánchez Mosquera".

"La tropa de Sánchez Mosquera era del carajo –me dice ahora (2002) el hoy general de brigada Luis Alfonso Zayas, combatiente de la columna del Che en la Sierra-, se fajaba de verdad. En aquella acción ellos (los enemigos) se baten con Camilo, quien les hace dos o tres bajas y se retira. Los soldados dan una vuelta y vienen por el firme, y se meten en Mar Verde. El Che hace una emboscada con los pelotones de Lalo (Sardiñas), Raúl (Castro Mercader) y de la Comandancia por el sur; y el de Ciro (Redondo) por el norte."

A media tarde del 29 de noviembre de 1957, se oyó una intensa balacera en el parte superior de la posición. "(Luego) me llegaba la noticia triste –recordaría el Che-, Ciro Redondo, tratando de forzar las líneas enemigas, había sido muerto".

"Cuando Ciro avanza –añade Zayas-, se encuentra con un guardia que le queda enfrente, pero hay otro que está en un flanco y este es el que lo mata. Su muerte fue para nosotros un dolor muy grande. Se había ganado el cariño y el respeto de los compañeros, era muy querido por todos."

Dicen que le caracterizaba su sonrisa, porque fue siempre muy alegre y bromista. De niño prefería el campo y los ríos; su juguete más usado: una caña de pescar; y la sonrisa no le cabía en el rostro cuando llegaba a la casa con una rama de mamoncillo o de ateje cubierta de biajacas y con los bolsillos llenos de mangos y otros frutos.

Ciro Redondo García había nacido en Artemisa el 9 de diciembre de 1931. "Bueno y trabajador -solía decir Clara, su madre (ya fallecida)-, fue un niño estudioso y de voluntad acerada." Él mismo se confeccionaba sus avíos de pesca. "Cuando regresaba –contaba Clara-, me tendía el montón de biajacas en el piso para que yo me pusiera orgullosa de él. Y cómo había que freír, chico."

Zayas, quien lo conoció de adulto en la guerrilla de Fidel, lo recuerda "físicamente estilizado pero fuerte, tenía el porte de un militar. Ni muy trigueño ni muy blanco, tenía el pelo castaño oscuro. Era una gente jovial, afable, muy cuidadoso y presumido en su aspecto personal, muy pulcro, algo muy difícil de mantener en la Sierra. Enérgico, vigoroso, y a la vez con una caballerosidad extraordinaria".

Cuentan que, apenas un quinceañero, trabajaba en una tienda de ropa, irónicamente llamada La revolución, y por las noches estudiaba mecanografía y teneduría de libros. Se vinculó desde su fundación a la Juventud Ortodoxa porque le atraía la prédica de Chibás de oponer la vergüenza contra el dinero en una época cuando 30 monedas y una maquinaria política casi decidían la posesión de un escaño parlamentario.

Cuando el tirano Batista, con su golpe de Estado, interrumpió el ritmo constitucional del país, Ciro estuvo entre quienes pensaron que el momento era revolucionario y no político. "Fue también uno de los artemiseños que vinieron al desfile de las antorchas, celebrado en La Habana el 28 de enero de 1953", asevera el también asaltante al Moncada y amigo suyo Mario Lazo.

"Meses antes del asalto al cuartel santiaguero, después del descanso de fin de semana –recuerda la combatiente Caridad Pereda, Carucha-, lo oí hablando con unos compañeros en la academia en que estudiábamos por las noches. ‘Fui 13 veces al bate y bateé 11’, decía. Cuando supe la noticia del Moncada, caí en cuenta de que no se trataba de ningún juego de pelota, eran prácticas de tiro."

 

"Lo vimos en Siboney, a pocas horas del combate –rememora Lazo-, y mantenía su carácter jocoso, ahora acompañado de una gran serenidad. Recuerdo que cuando llegó el momento de ponernos los uniformes del ejército, se reía de algunos compañeros diciéndoles que se parecían al cabo de la guardia de Artemisa."

Ciro sobrevivió milagrosamente al asalto del cuartel santiaguero. Capturado por los esbirros, vio cómo asesinaban ante él a su compañero Marcos Martí. En el juicio declaró: "Vine a acabar con Batista y si 20 veces tuviera la oportunidad, 20 veces lo haría". Lo condenaron a diez años de cárcel.

De regreso a Artemisa en mayo de 1955, debido a la amnistía general que el pueblo le arrancó a la tiranía, los moncadistas sufrieron el hostigamiento de los órganos represivos del régimen. Ciro no se cuidaba al afirmar en publico: "La sangre que se derramó no se puede olvidar. Hay que seguir luchando y ahora, con más fuerza, con más patriotismo. Yo te digo que el que habla con Fidel, lo sigue hasta vencer o morir".

Tras caer varias veces detenido y permanecer 32 días en la cárcel del Príncipe, en La Habana, el Movimiento 26 de Julio determinó su salida del país. Marchó a México para reunirse con Fidel y hacer juntos el compromiso de ser libres o mártires. Su preparación militar en la tierra de Juárez quedó resumida en la siguiente evaluación, realizada al finalizar los entrenamientos: "Buen tirador (...), muy disciplinado y de excelente resistencia física. Apto para mandar tropas. Reacciona ante cualquier situación con rapidez. Magnífico combatiente de primera línea. Siempre asistió a las prácticas con entusiasmo".

 

Expedicionario del yate Granma, tras la trágica sorpresa de Alegría de Pío integró el grupo de Raúl Castro Ruz y participó en el reencuentro con Fidel en Cinco Palmas. Intervino en las acciones victoriosas de La Plata, Arroyo del Infierno, Altos de Espinosa y Uvero. Con el grado de capitán, pasó como jefe de pelotón a la columna 4 bajo el mando del Che.

"Recuerdo que Ciro y Ramiro (Valdés) se asociaban para compartir la comida –afirma Zayas-; una vez nos habían dado una sardina, una salchicha y la lata de leche para 10 días, muchos nos las comimos enseguida, pero a Ciro y a Ramiro les alcanzó. Se tomaban solo una cucharada, con tremenda disciplina, para cumplir lo establecido."

Inconmovible puntal

En Mar Verde, la llegada de la columna de refuerzo del entonces capitán del ejército batistiano Sierra Talavera salvó de la derrota a la tropa hostigada por la guerrilla. El Che orientó la retirada y esta se hizo sin problemas. Años después escribiría: "La pesadumbre era grande, se aunaba el sentimiento por no haber podido aprovechar la victoria contra Sánchez Mosquera y la pérdida de nuestro gran compañero Ciro Redondo. Envié entonces una carta a Fidel proponiendo su ascenso póstumo y poco después se le confería ese grado".

"Ciro murió de un balazo en la cabeza al frente de la gente, en una acción realmente heroica –escribiría el Guerrillero Heroico al Comandante en Jefe por aquellos días-, (...) había conseguido que su tropa lo admirara y lo siguiera. Fue un buen compañero y sobre todo, uno de los inconmovibles puntales en cuanto a obsesión de lucha."

No es de extrañar que cuando al Che le encomendaron llevar una columna invasora a Las Villas, la nombrara Ciro Redondo García.

 

Fuente: Revista Bohemia Digital

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Manuel "Piti" Fajardo, Médico, Maestro y Soldado.
 

Por Magali González Camacho

El doctor Manuel Fajardo Rivero,  pasó a la inmortalidad con el sobrenombre de "Piti" Fajardo, quien tuvo una corta pero prolífera vida como médico y combatiente.


Piti nació en Manzanillo, el 8 de noviembre del año 1930; cursó sus estudios primeros en la escuela José María Heredia, de su pueblo natal, hizo el bachillerato y finalmente concluyó la carrera de medicina en la Universidad de La Habana, donde se graduó con brillantes notas.

Por su expediente fue seleccionado interno del hospital Emergencias de la Habana (hoy "Freire Andrade"). Una vez graduado, vuelve a Manzanillo y presta sus servicios en el Hospital Civil de dicha ciudad y en la Clínica La Caridad, conjuntamente con el desaparecido comandante René Vallejo.

"Piti" tuvo la responsabilidad profesional y patriótica de asistir a los heridos del Ejército Rebelde que eran enviados desde la Sierra Maestra.
Cuando Vallejo es detenido por el esbirro Salas Cañizares, célebre por sus fechorías y asesinatos, son descubiertas las actividades clandestinas que se realizaban en la clínica La Caridad. Este hecho hace que el joven médico tome el camino de la Sierra, en el mes de marzo de 1958. Bajo las órdenes de Fidel actúa como médico y asume la responsabilidad del arsenal de guerra y la contabilidad de los equipos.

La práctica de deportes desde pequeño, así como su alta y delgada estatura lo dotan de una gran resistencia física para la pelea. Durante la ofensiva batistiana, se desempeña en las guerrillas como médico de primera línea, atiende a los heridos dentro del combate; se destaca como médico y combatiente. Participa en la batalla de "Santo Domingo", "Providencia", "Cuatro Caminos", "Las Mercedes", "Cerro Pelado", "Veguita", "El Salto", y otras.

Concluye su campaña en la Sierra Maestra con el grado de Capitán del Ejército Rebelde.

Cuando Fidel ordena al comandante Lalito Sardiñas, que la Columna No. 12 Simón Bolívar impidiera el cerco de las fuerza de la tiranía, en el límite de Camagüey y Oriente y a las columnas invasoras de Camilo y el Che el avance hacia Las Villas, "Piti" planea con Sardiñas todas las operaciones y da cumplimiento a las órdenes del Comandante en Jefe. Luego, las tropas de Sardiñas son divididas en dos grupos, con fines operacionales; A Fajardo se le sitúa al frente de uno, para operar en la zona de Tunas, Holguín, Puerto Padre y Jobabo.

La Columna 12 forma el Cuarto Frente y aquí "Piti" organiza las comunicaciones, el hospital y combina con Lalo Sardiñas las operaciones militares.

Al triunfar la lucha armada, "Piti" ocupa el cargo de director del hospital civil de Manzanillo, más tarde desempeña la misma función en el hospital de Santiago de Cuba y poco tiempo después es nombrado Jefe de Operaciones de la Sierra Maestra, al frente de las obras de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, donde inaugura la primera Unidad con 500 Camilitos, el 26 de julio de 1960. En ese mismo año dirige las operaciones de captura de la banda del traidor Beatón.

Por un tiempo es médico de cabecera de Fidel, cuando el Jefe de la Revolución sufre una afección neumónica en 1960. Posteriormente la Revolución lo sitúa al frente de las acciones contra los bandidos en el Escambray, donde cae víctima de una emboscada el 29 de noviembre del propio año. Al morir había acabado de cumplir 30 años de edad.

De "Piti" Fajardo dijo el Comandante de la Revolución, Juan Almeida Bosque: ... "era un combatiente con el bisturí en una mano y el fusil en la otra..."

Fidel, ante su tumba, pronunció un sentido discurso del que se recuerdan estas inolvidables palabras: "El compañero Fajardo cumplió su deber, lo cumplió en la guerra como médico y soldado, lo cumplió en la paz y está en el corazón de los primeros 500 niños de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos.
El nombre de Manuel "Piti" Fajardo Rivero será siempre recordado como lo que fue: médico, maestro y soldado, un revolucionario consecuente con su profesión y sus ideas políticas.

 

Fuente: http://www.16deabril.sld.cu

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