
Céspedes, el fundador... el Padre de la Patria
Por Esther Borges
El Padre de la Patria tiene un nombre glorioso en Cuba: Carlos Manuel de
Céspedes. Y no es sólo porque el 10 de octubre de 1868 proclamó la independencia
de Cuba del colonialismo español, con las campanas de su ingenio azucarero La
Demajagua a rebato, cantándole al viento sones de libertad y antiesclavismo.
Libertad, palabra extraña para los pobres negros, que aquel día vieron rotas sus
cadenas de oprobio y pudieron tenderle la mano al aristócrata de bastón y
guantes blancos.
Horas más tarde, en ataque al poblado de Yara, se bate con gallardía, pero ante
la respuesta de los españoles, emboscados en la casas alrededor de la Plaza
central del poblado, tiene que retirarse combatiendo, y, en respuesta a un
desanimado, contesta viril: “Aún quedan doce hombres: bastan para hacer la
independencia de Cuba”. (1)
Céspedes sufre la mayor prueba de su vida cuando en mayo de 1870 las tropas
españolas capturan a su hijo Oscar. El mando colonial le propone que se rinda y
renuncie a la insurrección o este sería pasado por las armas. La grandeza de su
respuesta le vale para siempre el apelativo de Padre de la Patria: “Oscar no es
mi único hijo, yo soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la
Revolución”. (2)
Desde el 12 de abril de 1869 y hasta el 27 de octubre de 1873, Carlos Manuel de
Céspedes ocupa la presidencia de la República en Armas. En esos años de guerra
conoce del rigor de la manigua, de incomprensiones y decepciones.
Aquel hombre hasta hacía poco rico, amado, abogado de profesión, visitante de
los países más cultos, entre ellos Francia, Italia, Alemania e Inglaterra,
fundador de la Filarmónica de Bayamo, asistente al teatro, traductor del griego,
compositor de una de las más bellas melodías cubanas, La Bayamesa, junto a José
Fornaris y Francisco Castillo, cultivador de la poesía y la prosa, se ve privado
de las más elementales comodidades y privilegios, que, por otra parte, nunca
anheló.
Conoce de envidias y resquemores, pero ama demasiado a Cuba para que estas bajas
pasiones lo separen del objetivo primero de la insurrección. El 23 de diciembre
de 1870, le escribe a su esposa Ana de Quesada, ante la sospecha, que es casi
una certeza, de que la Cámara de Representantes se propone deponerle:
“Si se comete semejante violencia, por mi nunca habrá perturbaciones y
cualquiera que sea la ilegalidad del acto, me someteré y dejaré la Isla para
seguir en el extranjero trabajando por el triunfo de la revolución (...) (3)
Y posteriormente, el 16 de julio de 1871, en carta a Ramón Martínez, ratifica su
decisión:
“(...) por la libertad e independencia de mi patria sacrificaré toda mi vida,
sin que haya ninguna circunstancia por difícil y aflictiva que sea, capaz de
alterar esa inquebrantable voluntad (...)” (4)
Depuesto injustamente por la Cámara de Representantes el 27 de Octubre de 1873,
es autorizado a moverse libremente como ciudadano particular, y se dirige a la
localidad de Cambute, con el fin de esperar su pasaporte para salir al
extranjero y continuar su lucha por la soberanía de la Patria. A finales de
enero conoce que las fuerzas españolas están cerca de la zona, y marcha a San
Lorenzo, refugio ubicado en la Sierra Maestra.
En la paz de aquel lugar habitado por simples campesinos, Céspedes juega al
ajedrez, visita a los vecinos, y enseña a leer y escribir a los niños de la
cercanía. No tiene escolta, sólo lo ampara su revólver y su gran coraje.
No obstante el peligro es constante. Los españoles llegan al caserío y Céspedes,
avisado, busca el río con el ánimo de despistarlos; las ramas de los arbustos le
azotan el rostro y le rasgan las ropas; corre, pero está dispuesto a vender cara
su vida. Cuando siente acercarse al enemigo, lo enfrenta y dispara, pero cae
herido mortalmente y rueda por el barranco del río.
Combatiente solitario, abandonado a su suerte en un momento histórico
especialmente difícil para la Revolución, Carlos Manuel de Céspedes trascendió
su época para convertirse en el prócer venerado, de quien dijo Martí, uniéndolo
a Ignacio Agramonte:
“De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud. El uno es como el volcán, que
viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra; y el otro es como el
espacio azul que lo corona”. (5)
Referencias:
(1) Cuba en citas 1868-1898: Depestre Catony, Leonardo. Página 8. Editorial
Gente Nueva. 1987.
(2) Ibid. Pagina 15.
(3) Carlos Manuel de Céspedes. Escritos: Portuondo, Fernando y Hortensia
Pichardo. Tomo III. Página 16. Editorial de Ciencias Sociales. 1982.
(4) Ibid. Página 45.
(5) Cuba en citas 1868-1898: Depestre Catony, Leonardo. Página 41. Editorial
Gente Nueva. 1987
Tomado de: Radio Cadena Agramonte.