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Ignacio Agramonte y Loynaz

Excepcional talento militar y político

  Esgrimió la vergüenza de los cubanos como el arma más eficaz

Por: PEDRO ANTONIO GARCÍA
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En sus versos, Rubén Martínez Villena lo imaginaba "un semidiós formado en el combate". La poetisa Nieves Xenes veía "alzarse, grande y luminosa" su imponente figura de patriota: "No armó su mano la ambición bastarda, ni el odio miserable al adversario, sino el amor sublime por la Patria". Para el también poeta cubano Bonifacio Byrne, "joven y audaz, intrépido y valiente (...) besaba, en medio de la lid, su acero, como besa una imagen el creyente".

"De Agramonte, la virtud" -solía decir José Martí, sin desconocer que, si Céspedes también poseía esa condición, en el camagüeyano igualmente abundaba el ímpetu y el arrebato-. "Por su modestia parecía orgulloso" -añadía el Apóstol-. "Leía despacio cosas serias. Era un ángel para defender y un niño para acariciar. De cuerpo era delgado, más fino que recio, aunque de mucha esbeltez. Pero vino la guerra, domó de la primera embestida la soberbia natural y se le vio por la fuerza del cuerpo, la exaltación de la virtud".

Diversos testimonios aseguran que Ignacio Agramonte medía más de seis pies de estatura. Muchas camagüeyanas de su época lo describirían después de varonil y hermosa figura, ojos grandes, algo dormidos, frente espaciosa, trigueño muy claro, facciones bien delineadas, bigote fino -y no montañoso, como aparece en sus más conocidos retratos-, voz clara, firme y de grato sonido.

El coronel mambí Manuel Sanguily lo recordaba "sabio en el consejo, pronto en la acometida, prudente y acertado en el mando, elocuente en las asambleas, terrible en los combates -inflexible contra el desorden-, cariñoso y tierno en sus íntimos afectos". Máximo Gómez, siempre parco en elogios, lo llamaba uno de los más esforzados patriotas, uno de los más entendidos y valientes soldados del Ejército mambí.

El joven abogado

Según el libro 21 de los bautismos de blancos, folio 60, partida 455 de la parroquia de Nuestra Señora de la Soledad, Ignacio Eduardo Francisco Agramonte y Loynaz nació en la ciudad de Camagüey el 23 de diciembre de 1841. Sus padres, Ignacio y Filomena, criollos, eran propietarios de casas en Puerto Príncipe y Nuevitas, algunas fincas rústicas, dos casa-quintas y cierto número de esclavos.

La tradición insiste en afirmar que cursó la primaria en su ciudad natal. Aunque sus biógrafos aseveran que fue discípulo de Luz y Caballero en el colegio El Salvador, no aparece registrado en los elencos y relaciones de exámenes de ese centro. En su expediente de la Universidad de Barcelona consta que estudió en varios colegios de la capital catalana entre 1852 y 1857. Recibió la investidura como Licenciado de la Facultad de Derecho Civil y Canónico de la Universidad de La Habana el 11 de junio de 1865.

De pie y con bigotes Ignacio, junto a sus padres y a sus hermanos Enrique, Francisca, Loreto y Mariana

A finales de ese año se incorpora al Colegio de Abogados de Puerto Príncipe. Nombrado Juez de Paz en el distrito de Guadalupe, en La Habana, se desempeña también como defensor de oficio, según consta en la Revista de Jurisprudencia y Administración, de enero de 1868. Siete meses después contrajo matrimonio con Amalia Simoni.

Intransigencia revolucionaria

Ignacio no estuvo entre los camagüeyanos que se levantaron en Las Clavellinas, el 4 de noviembre de 1868; se había decidido que permaneciera en la ciudad organizando el aseguramiento de la logística de los independentistas. Se sumó a los insurrectos siete días más tarde, en el ingenio El Oriente, cerca de Sibanicú.

Su actitud patriótica en la Junta de Minas (26 de septiembre de 1868) frustró los planes contrarrevolucionarios de algunos hacendados para hacer fracasar el levantamiento armado en la región. Partidario de continuar la lucha armada hasta lograr el cese del colonialismo español en Cuba, Agramonte se opuso rotundamente a la claudicación de aceptar el plan de paz sin independencia, propuesto por los integristas, y neutralizó la maniobra contrarrevolucionaria. En torno suyo, aglutinó a los elementos patriotas del Camagüey, y junto con ellos consolidó el movimiento insurreccional allí. "Acaben de una vez los cabildeos –se le oyó decir en Minas aquel 26 de noviembre–, las torpes dilaciones, las demandas que humillan. Cuba no tiene más camino que conquistar su redención arrancándosela a España por la fuerza de las armas".

Dos días después, a unos 27 kilómetros al nordeste de Puerto Príncipe, tuvo su bautizo de fuego, cuando se distinguió por su bravura entre los 150 cubanos que enfrentaron a más de 800 españoles en Ceja de Bonilla y les hicieron más de 60 bajas, entre ellas 12 muertos.

Representante del Camagüey en la Asamblea de Guáimaro, redactó, en unión de Antonio Zambrana, la primera Constitución mambisa, que en su artículo 24 refrendaba la igualdad de todos los cubanos ante la Ley, con lo que la República en Armas se declaraba abiertamente por la total abolición de la esclavitud.

Agramonte renunció, el 26 de abril de 1869, a su cargo en la Cámara de Representantes, para asumir la jefatura militar de la división Camagüey. En Ceja de Altagracia, a unos 20 kilómetros al nordeste de Puerto Príncipe, el 3 de mayo siguiente, al frente de 300 hombres, emboscó a una columna enemiga de más de tres mil efectivos, a la que causó más de 200 bajas, en lo que constituyó su primera victoria al mando de una tropa.

Seamos todos soldados de la libertad

Agramonte (sentado, en el centro) en su época de estudiante, con compañeros de aula

Como acertadamente señaló el historiador Juan Jiménez Pastrana, desde mayo de 1869 hasta los inicios de 1871, aunque Agramonte poseía un enorme caudal de amor patrio, no había alcanzado aún la suficiente madurez política para domeñar su temperamento puntilloso y pasional; ni para evitar ser manipulado por quienes decían ser sus grandes amigos y en verdad no lo eran más que de sus propios intereses económicos. De ahí sus desencuentros con Céspedes –que también, es justo decirlo, pecó en ocasiones de apasionado y puntilloso-, causantes de sus renuncias al mando de su división en mayo de 1869 y abril de 1870.

Su inicial oposición a la política de tea incendiaria solo es explicable por la perniciosa influencia de hacendados camagüeyanos que anteponían la hacienda a la Patria. Solo la dura realidad, la crisis en el campo insurrecto durante el duro año de 1870 (aunque el siguiente fue peor), logró convencerle de que el romántico y utópico legislador de Guáimaro, tenía que volver a ser el intransigente de Minas. El 13 de enero de 1871 aceptó el ofrecimiento de Céspedes para reasumir el mando del Camagüey, lo que se llevó a efecto cuatro días después.

En su primera proclama a sus coterráneos, recién reasumido el mando, expuso: "Poseemos todos los recursos necesarios para triunfar, pero es necesario ponerlos en ejercicio con aquel valor y aquella abnegación de que hizo alarde nuestro pueblo, aun en los primeros movimientos revolucionarios. El Camagüey se encuentra hoy hostigado por el enemigo. Seamos todos soldados de la libertad (...) El enemigo, más que buscar el combate, se ocupa de atormentar nuestras familias. Vamos a defenderlas con empeño, no permaneciendo a su lado, para tener que abandonarlas a la hora del peligro, sino peleando valerosamente. Organizar y disciplinar (nuestro) ejército es prepararlo para la victoria".

El Mayor

Comenzaba entonces su etapa más creativa como jefe militar, en la cual introdujo cambios en el empleo de la caballería, cuya gran movilidad le permitió combinar los principios de la táctica con la lucha irregular, adecuándola a las condiciones de su región. Solía decir Martí: "Sin más ciencia militar que su genio, organiza la caballería, rehace el Camagüey, mantiene en los bosques talleres de guerra, combina y dirige ataques victoriosos, y se vale de su renombre para servir con él al prestigio de la Ley".

Al principio no le fue fácil. Muchos hacendados de la región ya habían empezado a perder sus arrestos de revolucionarios y ante la campaña de paz (sin independencia) de los españoles, el aluvión de presentaciones fue imponente. Figuras destacadas del separatismo, distintos jefes con sus tropas, muchos de los "grandes amigos" de Ignacio, opositores furibundos de la tea incendiaria, se hallaron entre los capitulados. Algunos de ellos van a verlo, a convencerle de la inutilidad de sus esfuerzos, de la necesidad de "una capitulación honrosa para todos y conveniente para ti".

Ignacio les saludó "frío y ceremonioso" al recibirlos, según testimonios. Los oyó a todos detenidamente. Uno de los "amigos", al terminar su exposición, le dijo: "¿Qué elementos tienes para continuar la guerra? ¿Con qué vas a seguir esta lucha sangrienta, tú solo, careciendo de armas y municiones?" "¡Con la vergüenza!", replicó. Y montando en su corcel, seguido de su escolta, retornó a la manigua.

Primero en el combate, a fuerza de bondad y bravura, compartiendo el hambre y todos las sacrificios con el más humilde de sus soldados, se ganó el cariñoso apelativo de El Mayor. Cuentan que en una ocasión, solo con dos ayudantes y un escolta, se les hizo de noche. En los alrededores, únicamente hallaron una guayaba. Agramonte la tomó, sacó el cuchillo y dividió la fruta en cuatro partes iguales. Y como si impartiera una orden, exclamó: "Cuatro pedazos entre cuatro, a uno".

Obelisco levantado en el lugar donde cayó en combate el 11 de mayo de 1873. En estos mismos parajes sesionaron en Asamblea Constituyente los mambises durante la Guerra del 95

Sus éxitos militares se suceden: Lauretania, La Entrada, El Mulato. Al frente de 35 jinetes, entre ellos Henry Reeve, El Inglesito, protagonizó el audaz rescate de Julio Sanguily. Todo esto elevó el espíritu de lucha en el Camagüey. El Mayor continuó con sus victorias: Palmarito de Curana, El Asiento, San Borges. Céspedes extendió su jefatura a Las Villas y bajo el mando de Agramonte comenzaron a pelear mambises de la talla de González Guerra, Carrillo, Serafín Sánchez...

Las relaciones de Ignacio con Carlos Manuel de Céspedes, al decir de sus biógrafos, evolucionaron a un "constructivo plano de comprensión". El Mayor lo confirma, en carta que dirigiera a aquél a mediados de 1872, al expresarle que estaba siempre dispuesto "a cooperar en la obra de nuestra redención, sosteniendo el prestigio del Gobierno de la República". Y en otra ocasión, frente a quienes intentaban censurar al bayamés, aclaró: "Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de la República".

Agramonte hoy

¿Es necesario subrayar la vigencia del intransigente de la Junta de Minas, del autor de la proclama de 1871, de quien se negó siempre a la capitulación y esgrimió la vergüenza de los cubanos como el arma más eficaz de nuestra nacionalidad, y aún nos convoca a más de un siglo de distancia a ser "soldados de la libertad"?

Excepcional talento militar y político, como acertadamente expresara el historiador Juan Jiménez Pastrana, "Agramonte fue Mayor porque las contrariedades le hicieron más exaltado, más indomable, frente a los enemigos externos e internos de la Patria. Esto, claro está, lo puede hacer cualquier valiente. Pero lo que no es fácil de lograr es domarse a sí mismo -sacrificándolo todo por amor-, frente a las exigencias de la Patria irredenta. Para esto urgía ser duro como el diamante. Y tener, además, alma de beso, como dijera Martí".

TOMADO DE:  BOHEMIA.CU